miércoles, 15 de febrero de 2012

(...)Y tenía razón ella: la que nunca conoció escuela, ni ataduras. Ella, la que sabía simularse los estados de ánimo. Ella, la que siempre decía que sí y terminaba haciendo lo que quería. Ella, la que nunca se ensució el alma con los rencores porque decía que si uno se pasa la vida odiando, termina muriendo envenenada por los pesares y entonces, se sufre el doble: se sufre lo que se sufre y se sufre pensando en lo que se ha sufrido. Tenía treinta y seis años cuando Jimena los perdonó a todos: a su madre por traerla al mundo y dejarla abandonada a su mala suerte, al padre que no conoció, al chulo por tantas palizas y tanta hambruna, al que la vendió como una bestia y al que pagó su precio, a los que le ensuciaron las ansías con sus espasmos de compradores de cariño, a los que le hicieron decirle que los quería cuando ella no  quería a nadie, al que la engañó y al que por no engañarla, la abandonó. Perdonó a los que la señalaron y a los que la miraron con desdén, al día de reyes que no tuvo, a la ausencia que se hizo su madrastra, al perro del policía que la mordió y a Marina Sampedro, por haberla hecho llorar cuando le dijo que era como una hija y la dejó en evidencia frente a todos aquellos que creían que ella no tenía corazón.

  • -Yo quiero la verdad aunque sea amarga – musitó Betulio.
  • -Tú lo que quieres es tener un motivo para compadecerte – contestó encendiendo su vieja pipa.
  • -¿Acaso tú nunca lloras, nunca te sientes mal, nunca tienes ganas de salir corriendo?

Jimena lo miró sin rabias y con el rostro templado por una tranquilidad sobrenatural, contestó sin alterarse:

  • -Dime qué coño ganas llorando, lamentándote o corriendo...¡pobre Betulio!...¡tan grandote y aún no sabe que la vida es de los que ponen la mejilla todas las veces que haga falta!...pero no para ser bueno, sino para demostrar que a una no le parte la cara quien quiere, sino quien puede (...)