jueves 15 de marzo de 2012

Cuando bebo tus labios el fino gozo de tu esencia se magnifica. Es como si el tiempo se detuviese de pronto y entre febriles conjugaciones se desvistiese de pretéritos y futuros. No importa nada más que el espacio imperfecto que emancipamos sin promesas o compromisos. La templanza de las horas muertas se contonea y convulsiona en la resaca de una memoria estéril. La mirada de tus ojos de yerba-buena salvaje va penetrando sin pudor la lejanía de mis pupilas desiertas y un estallido de alma sin dueño, va moldeando con barro y fuego la terquedad impoluta de no hacer lo que se quiere por miedo a tener lo que no se tiene. Conozco de memoria los lunares de tu piel y los voy contando con la punta de mis dedos. He aprendido a descifrar ese enigma silencioso y sonriente que precede a la gloria. No hablamos porque las palabras son sobras que nadie quiere en ese momento. No hablamos porque sólo basta una pequeña sílaba para que un llanto benevolente bañe tu pecho. Cierras los ojos y acaricias el adormecido rostro que vela tu sueño despierto. Cierro mis ojos y en la infinita calma de un mutismo pausado voy contándote al oído las cosas que no te cuento. Resurges y resucito, mueres en mi y las novenas de tus despojos son mis latidos.