viernes, 27 de abril de 2012



Era una sensación extraña. Era como un pálpito, como una engorrosa sequedad en los labios, como un tumulto emancipado. Era todo al mismo tiempo: lo que se le ponía en el corazón y lo que quería sacar de él cada vez que le llegaba el añejo olor a almizcle que la transportaba a la vieja cafetería de la Rue. Aquella escena se le venía de golpe y la mirada se le volvía sepia, porque se supone que los recuerdos no son de otro color sino sepia, entonces, Marina se sentaba en primera fila y se veía llegar con la falda tubular de mezclilla negra y la impoluta camisa de seda que heredó del viejo baúl de las ropas en desuso de Sortilegio Fortín. A veces, hasta podía olerse el perfume que usó aquella tarde y del que nunca supo nombre puesto que, cuando se lo encontró en la acera, bajo un inmisericorde aguacero, llevaba la etiqueta borrada. A veces también oía a su corazón, ése melodioso tic tac acompasado y débil, esa diástole marchita que le hacía enmudecer de pena frente a una sístole que se iba muriendo de mengua. Allí, desde su palco de espectador, podía sentir ese nerviosismo sistemático que la acompañó en cada una de las citas pactadas que hizo con Ricardo Sarmiento en la vieja y destartalada cafetería de la Rue.

Afrodisiaco Martínez -un viejo bucanero que solía aparecer en el burdel los jueves santos y que tras vaciar una botella de tinto y medio tarro de aceitunas, desaparecía cantando- solía decir con su voz gruesa de obsceno corsario que quien nacía para cura, nunca moría siendo soldado. Lo decía mientras bebía con desanimo un vaso de vino medio vacío y sus dedos toscos, pobres de formas y ricos en inmundicia, escudriñando entre el cementerio de pipas de aceitunas, iban chasqueando con énfasis cada palabra. Marina lo miraba desde su asiento de madame, con la mirada perdida en los callos de sus manos y el cerebro piola grabando cada imagen en una película en blanco y negro, porque se supone también que hay imágenes que no llegan al alma, sino que se quedan allí, en la memoria instantánea del recuerdo y no pueden estar teñidas en sepia. Lo miraba sin saber que aquella misteriosa frase la acompañaría a cada una de las citas con Sarmiento. Nunca supo el motivo. Tal vez por eso, porque uno no hace lo que quiere sino lo que puede, fue que se acostumbró a mirar a Ricardo desde la acera de enfrente: porque había nacido tan distinta y tan distante a su mundillo, así como decía el viejo marinero. 
 
Cada cita con Ricardo fue peor que la anterior. En cada encuentro se abrió un camino distinto que a la larga se volvió vereda y luego, encrucijada. Caminos que no llegaron a encontrarse nunca y es que cuando uno nace para cura – como decía Afrodisiaco- es casi imposible que la muerte lleve colgada galones. Probablemente por eso, porque eran lo que eran y no fueron lo que fueron, es que Marina dejó de verle y esperarle. Fue un jueves la última vez que Marina se sentó bajo el toldo amarillo descolorido de la desvencijada cafetería de la Rue. Se sentó a la diestra de Sarmiento y no enfrente como otras veces y eso, porque tenía miedo de que la maldición de sus ojos de animal herido de amor se le quedara grabada para siempre en sus pupilas de amante errante. Aquella tarde no lo miró a la cara, ni le sonrió a su entrecejo de mercader de cariño, simplemente lo olió y se despidió con un hasta luego que no llegaría más nunca y ya, de camino a casa, se fue pensando si aquella escena merecía quedarse en sepia o largarse a la memoria instantánea de los blancos y negros.



Me ausento por un tiempo, no sucede nada malo, lo que pasa es que mi nano hace este año la comunión y aunque no creo en ritos y mi Dios no vive en las iglesias, he querido dejarle el legado religioso que me dejaron a mi y ya, cuando él crezca decidirá en qué creer y en qué basar su historia. Me ausento porque ando liada con el asunto de las fotos ( las del nano y otras que han salido para hacer) y regreso apenas pase todo este barullo. Por eso, para que no me extrañen mucho ( que ojalá que lo hagan aunque sea poquito) es que dejo un texto largo. Nos vemos a la vuelta, les quiero con locura...no se porten mal hasta que vuelva y así lo hacemos todos juntos.