Era
una sensación extraña. Era como un pálpito, como una engorrosa
sequedad en los labios, como un tumulto emancipado. Era todo al mismo
tiempo: lo que se le ponía en el corazón y lo que quería sacar de
él cada vez que le llegaba el añejo olor a almizcle que la
transportaba a la vieja cafetería de la Rue. Aquella escena se le
venía de golpe y la mirada se le volvía sepia, porque se supone que
los recuerdos no son de otro color sino sepia, entonces, Marina se
sentaba en primera fila y se veía llegar con la falda tubular de
mezclilla negra y la impoluta camisa de seda que heredó del viejo
baúl de las ropas en desuso de Sortilegio Fortín. A veces, hasta
podía olerse el perfume que usó aquella tarde y del que nunca supo
nombre puesto que, cuando se lo encontró en la acera, bajo un
inmisericorde aguacero, llevaba la etiqueta borrada. A veces también
oía a su corazón, ése melodioso tic tac acompasado y débil, esa
diástole marchita que le hacía enmudecer de pena frente a una
sístole que se iba muriendo de mengua. Allí, desde su palco de
espectador, podía sentir ese nerviosismo sistemático que la
acompañó en cada una de las citas pactadas que hizo con Ricardo
Sarmiento en la vieja y destartalada cafetería de la Rue.
Afrodisiaco
Martínez -un viejo bucanero que solía aparecer en el burdel los
jueves santos y que tras vaciar una botella de tinto y medio tarro de
aceitunas, desaparecía cantando- solía decir con su voz gruesa de
obsceno corsario que quien nacía para cura, nunca moría siendo
soldado. Lo decía mientras bebía con desanimo un vaso de vino medio
vacío y sus dedos toscos, pobres de formas y ricos en inmundicia,
escudriñando entre el cementerio de pipas de aceitunas, iban
chasqueando con énfasis cada palabra. Marina lo miraba desde su
asiento de madame, con la mirada perdida en los callos de sus manos y
el cerebro piola grabando cada imagen en una película en blanco y
negro, porque se supone también que hay imágenes que no llegan al
alma, sino que se quedan allí, en la memoria instantánea del
recuerdo y no pueden estar teñidas en sepia. Lo miraba sin saber que
aquella misteriosa frase la acompañaría a cada una de las citas
con Sarmiento. Nunca supo el motivo. Tal vez por eso, porque uno no
hace lo que quiere sino lo que puede, fue que se acostumbró a mirar
a Ricardo desde la acera de enfrente: porque había nacido tan
distinta y tan distante a su mundillo, así como decía el viejo
marinero.
Cada
cita con Ricardo fue peor que la anterior. En cada encuentro se abrió
un camino distinto que a la larga se volvió vereda y luego,
encrucijada. Caminos que no llegaron a encontrarse nunca y es que
cuando uno nace para cura – como decía Afrodisiaco- es casi
imposible que la muerte lleve colgada galones. Probablemente por eso,
porque eran lo que eran y no fueron lo que fueron, es que Marina
dejó de verle y esperarle. Fue un jueves la última vez que
Marina se sentó bajo el toldo amarillo descolorido de la
desvencijada cafetería de la Rue. Se sentó a la diestra de
Sarmiento y no enfrente como otras veces y eso, porque tenía miedo
de que la maldición de sus ojos de animal herido de amor se le
quedara grabada para siempre en sus pupilas de amante errante.
Aquella tarde no lo miró a la cara, ni le sonrió a su entrecejo de
mercader de cariño, simplemente lo olió y se despidió con un hasta
luego que no llegaría más nunca y ya, de camino a casa, se fue pensando si aquella escena merecía quedarse en sepia o largarse a la memoria instantánea de los blancos y negros.
Me
ausento por un tiempo, no sucede nada malo, lo que pasa es que mi
nano hace este año la comunión y aunque no creo en ritos y mi Dios
no vive en las iglesias, he querido dejarle el legado religioso que
me dejaron a mi y ya, cuando él crezca decidirá en qué creer y en
qué basar su historia. Me ausento porque ando liada con el asunto de
las fotos ( las del nano y otras que han salido para hacer) y regreso
apenas pase todo este barullo. Por eso, para que no me extrañen
mucho ( que ojalá que lo hagan aunque sea poquito) es que dejo un
texto largo. Nos vemos a la vuelta, les quiero con locura...no se
porten mal hasta que vuelva y así lo hacemos todos juntos.