Cuando bebo tus labios el fino
gozo de tu esencia se magnifica. Es como si el tiempo se detuviese de
pronto y entre febriles conjugaciones se desvistiese de pretéritos y
futuros. No importa nada más que el espacio imperfecto que
emancipamos sin promesas o compromisos. La templanza de las horas
muertas se contonea y convulsiona en la resaca de una memoria
estéril. La mirada de tus ojos de yerba-buena salvaje va penetrando
sin pudor la lejanía de mis pupilas desiertas y un estallido de alma
sin dueño, va moldeando con barro y fuego la terquedad impoluta de
no hacer lo que se quiere por miedo a tener lo que no se tiene.
Conozco de memoria los lunares de tu piel y los voy contando con la
punta de mis dedos. He aprendido a descifrar ese enigma silencioso y
sonriente que precede a la gloria. No hablamos porque las palabras
son sobras que nadie quiere en ese momento. No hablamos porque sólo
basta una pequeña sílaba para que un llanto benevolente bañe tu
pecho. Cierras los ojos y acaricias el adormecido rostro que vela tu
sueño despierto. Cierro mis ojos y en la infinita calma de un
mutismo pausado voy contándote al oído las cosas que no te cuento.
Resurges y resucito, mueres en mi y las novenas de tus despojos son mis latidos.